La Jornada
Viernes, 18 de noviembre de 2011
Manuel Pérez Rocha
L
as
instituciones y autoridades educativas muestran poco interés por
fomentar la escritura, al menos en comparación con el que manifiestan
por el fomento de la lectura, no obstante que ambas son
dos caras de una misma moneda. Casi de manera permanente, apoyadas también por intereses privados, algunos mercantiles, se desarrollan campañas y concursos de promoción de la lectura, pero no de la escritura. Del mismo modo, tanto la prueba Enlace aplicada por la SEP, como la prueba Pisa de la OCDE, abarcan la lectura, pero no la escritura. Como se sabe, en la práctica estas pruebas estandarizadas y punitivas reorientan los esfuerzos educativos de maestros y escuelas, y en consecuencia el aprendizaje de los estudiantes. Este descuido de las autoridades por la escritura se traduce, por supuesto, en los estudiantes, en un pobre desarrollo de las habilidades para escribir, pero también en una gran limitación para el desarrollo de la lectura, puesto que la lectura completa es la decodificación, análisis y juicio de un escrito; es imposible
leer biensi no se ha tenido la experiencia de haber escrito y enfrentado los múltiples retos implicados en la producción de un texto.
La
escritura es la revolución cultural más importante en la historia de la
humanidad. Sin la escritura no existirían ni la ciencia ni la cultura
ni la tecnología moderna. Como ningún otro medio, la escritura permite
concatenar ideas una tras otra, generándose así textos, argumentaciones y
discursos sólidos y coherentes, lo cual hace posible un conocimiento
integrado y profundo de los fenómenos y las cosas. La escritura es una
maravillosa y fecunda tecnología de la palabra, esto se tiene presente.
Pero no se valora el que la escritura es también una
tecnología del pensamientoe incluso una
tecnología de la conciencia. Se reconoce a la escritura como un medio valiosísimo y eficacísimo para almacenar y transmitir información (en el espacio y en el tiempo), pero se olvida que enriquece de manera considerable la reflexión y la introspección. La escritura nos ayuda incluso a aclarar, entender y valorar nuestras propias experiencias, emociones y sentimientos.
Walter Ong (Oralidad y escritura, FCE) lo explica con claridad:
Mediante la separación del conocedor y lo conocido, la escritura posibilita una introspección cada vez más articulada, lo cual abre la psique como nunca antes, no sólo frente al mundo objetivo externo (bastante distinto de ella misma), sino también ante el yo interior, al cual se contrapone el mundo objetivo. El
yo interior, el
yo consciente, y su evolución a lo largo de la historia los conocemos gracias a la escritura, en especial a través de la literatura y los textos filosóficos humanistas, desde la Grecia clásica hasta nuestros días. Solamente con el conocimiento de esas otras manifestaciones del
yo consciente, las generaciones anteriores han podido cumplir la sapientísima consigna
conócete a ti mismo, y gracias a esta misma
tecnología del pensamiento y la concienciaestamos nosotros en posibilidad de atenderla; la escritura es pues herramienta poderosa para la construcción de una identidad. Sin la escritura sería imposible la civilización actual. Además de ser un valioso soporte para conocernos a nosotros mismos, la escritura, en tanto medio de expresión, tiene otros múltiples beneficios: nos permite ser más útiles, compartir con los demás nuestras preocupaciones, nuestros sentimientos, nuestras emociones, así como nuestros conocimientos e ideas, y ponerlos a prueba. La escritura es un medio privilegiado de realización personal, pues en gran medida nos hacemos humanos al expresar y hacer común con nuestros semejantes nuestra vida interior.
La
escritura ha tenido y seguirá teniendo efectos amplios no sólo en la
dimensión cultural de la vida social e individual, también son
indiscutibles sus enormes implicaciones en los ámbitos económico y
político. En este último, la práctica regular de la escritura es apoyo
importante de las elites dominantes y su ausencia es decisiva en las
condiciones de marginación y sumisión de
amplios sectores de la población, pues la escritura determina,
enriquece y potencia las formas de pensamiento y expresión, tanto
escrita como oral, de quienes leen y escriben sistemáticamente, y
también regula, pero de manera subordinada, equívoca e inconsciente, la
de quienes no lo hacen.
No
sólo las carencias materiales de la mayoría han sido el impedimento
para que se beneficien de la escritura, ha habido una política expresa
de exclusión por parte de las clases dominantes. Por tanto el asunto
trasciende la problemática escolar o educativa, e incluso la cultural,
pues incide en la manera como hoy se concibe a los seres humanos, a la
sociedad y a su organización política. Si bien hoy nadie rechaza la
alfabetización universal (como objetivo social y éticamente obligado, lo
cual implica que todo
mundo
aprenda a leer y escribir), para la mayoría se fijan metas muy pobres en cuanto a la escritura: desarrollar la capacidad de escribir el nombre propio, copiar textos, llenar formularios; otros niveles de escritura se reservan para los
talentoso para profesionistas cuyas tareas implican escribir con determinado nivel de desarrollo. También muchos académicos, escritores e intelectuales han contribuido a hacer de la escritura un instrumento de clase. Se suman con entusiasmo a las campañas de promoción de la lectura, quieren que se vendan sus libros, que los lean, quieren tener influencia y prestigio, pero con arrogancia desdeñan la posibilidad de que la escritura sea práctica general.
En
una sociedad democrática, la alfabetización universal debe entenderse
no simplemente como el
logro de la capacidad de leer y escribir de manera elemental, sino como
la incorporación de la lectura y la escritura en la vida cotidiana de
todos, como instrumento de trabajo, de expresión y medio de
enriquecimiento personal.
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