Alberto
Cue
FUENTE: http://www.mxfractal.org/RevistaFractal55AllbertoCue.html
Nota
previa
Esta
entrevista, que fuera publicada en La Jornada Semanal, el suplemento
del diario La Jornada (2 de junio de 1996), entonces dirigido por
Juan Villoro, apareció en una versión muy resumida de sólo 8
cuartillas que ocuparon las dos páginas centrales de ese número. A
continuación, se ofrece el texto completo. Hay que mencionar que en
2007 el FCE, la UNAM y la Universidad Autónoma de Querétaro
publicaron el libro de Stefan Gandler Marxismo crítico en México:
Adolfo Sánchez Vázquez y Bolívar Echeverría, publicado en alemán
en con el título Peripherer Marxismus. Kritische Theorie in Mexiko
(Argument-Verlag, Hamburgo y Berlín, 1999). El libro de Gandler
ofrece el estudio más completo de ambos teóricos marxistas,
maestros de muchas generaciones en México. Allí se ofrece en
detalle la trayectoria vital e intelectual de Bolívar Echeverría,
de manera que la parte biográfica de esta entrevista es sólo un
esbozo de lo que allí se describe minuciosamente. Sin embargo, nos
parece justificado reproducir la versión completa de esta
entrevista, propiciada por la aparición del libro Las ilusiones de
la modernidad (UNAM/El Equilibrista, 1995), pues la que se publicó
en 1996 desechaba al menos la mitad de su contenido.
C'est
estre, mais ce n'est pas livre, que se tenir attaché et obligé par
necessité à un seul train.
Michel
de Montaigne
—Bolívar,
muchas generaciones de tus alumnos comparten la admiración a tu
profesorado pero desconocemos tu biografía. Así que, para empezar,
me gustaría que hablaras un poco de tu formación, de tus lecturas,
de tu vocación filosófica.
Yo
comencé desde muy joven a estudiar filosofía; ya desde la
preparatoria me gustaba, sobre todo porque en una ocasión, en un
cumpleaños mío, mi padre me regaló unos tomos de ensayos de
Unamuno, donde leí Del sentimiento trágico de la vida, sus ensayos
de En torno al casticismo y los de Contra esto y aquello. Entonces
leí mucho a Unamuno y de ahí pasé a la lectura de la filosofía y
la cultura griegas. Estudié mucho la filosofía griega pero, al
mismo tiempo, comencé a militar políticamente en posiciones de
izquierda, en las Juventudes Socialistas (del Partido Socialista
Ecuatoriano), naturalmente sin que me hicieran mucho caso ni a mí ni
a mis compañeros. Por un lado, había entonces para mí la
militancia política y, por otro, una preocupación muy esotérica
por filosofías que no tenían mucho que ver con esa militancia. Por
eso, cuando llegaron a mis manos, como prolongación de Unamuno —a
quien ya se le tenía como existencialista—, las obras de Sartre,
en el contexto de un grupo de jóvenes llamados los “Reductores de
Cabezas” —que eran poetas, gente de teatro y del ambiente
cultural, etc., y que hacían una revista llamada Pukuna— pues nos
volvimos fanáticos de él y leíamos cada libro suyo que se
publicaba, aunque sabíamos que detrás de Sartre la gran figura era
Heidegger. Y entonces me clavé muchísimo en la lectura de
Heidegger, en las traducciones que había de sus libros.
—Entonces
fue Heidegger antes que Marx...
Sí,
Heidegger fue antes que Marx. En ese entonces lo que se leía de Marx
eran los pequeños trabajos, por lo demás típicos de la militancia
de izquierda, y que nos hacían comprender lo de la lucha de clases,
la burguesía, el desarrollo capitalista y todo eso. Y la verdadera
filosofía, para mí, era la griega y las interpretaciones que
Heidegger hacía de la filosofía griega. Por ejemplo, la Teoría de
la verdad en Platón era un libro que me sabía de memoria, y leía
las traducciones que se hacían en Chile o en Argentina de todos esos
libros, y también las de los ensayos que salían en las revistas
filosóficas de la provincia argentina. De modo que a los veinte años
había ya leído bastante de Heidegger y había comenzado a leer El
ser y el tiempo —que me parecía dificilísimo— en la traducción
de Gaos. Y entonces decidí irme a estudiar con Heidegger, ser alumno
de Heidegger, y me fui a lo loco, ni siquiera sabía alemán. Le pedí
a un amigo alemán que me hiciera un certificado de que yo hablaba
fluidamente alemán y así presenté una solicitud de beca para irme
a Alemania. Y entonces me dieron la beca; pensé que hablando inglés
y francés me sería suficiente, pero al llegar me di cuenta de que
no entendía nada y lo padecí un poco.
—¿A
dónde llegaste? ¿Qué hiciste en Alemania?
Llegué
a Friburgo pasando por París. Era en 1961. Me inscribí en los
cursos universitarios de alemán, que eran malísimos. Entonces traté
de acercarme a Heidegger, pero él ya no daba clases, sólo hacía un
Oberseminar, en su casa, con filósofos ya formados, quién sabe
dónde. Una sola vez lo vi, de lejos, en una conferencia que dio,
“Tiempo y ser”, pero yo, un poco miope, lo vi lejano,
pequeñísimo, y ese fue mi único contacto con Heidegger. Entonces,
a partir de ahí me decepcioné. Me preguntaba: ¿qué hago aquí? Se
oían las noticias de Berlín de que iban a levantar un muro, el Muro
de Berlín, y me fui a allá, hacía siete horas de alemán durante
el día en el Goethe Institut, que funcionaba entre las ruinas de
Radiotelegraph. Allí aprendí el alemán rapidísimo, e ingresé,
como debía hacerlo, a la Universidad de Berlín, porque tenía que
justificar los estudios de mi beca. Permanecí en esa ciudad durante
seis años.
—¿Y
qué fue lo que ocurrió allí? ¿Habían cambiado tus intereses?
Fue
allí donde capté, también en grupo, la densidad filosófica del
pensamiento de Karl Marx. Porque para mí, anteriormente, Marx había
sido más una cosa operativa durante la militancia. Pero en Berlín
participé en el intento de seguir el giro que había hecho Marcuse a
partir de sus textos sobre la ontología del materialismo histórico,
en un seminario que fue clave para el renacimiento del marxismo en
Alemania, dirigido por el doctor Hans Georg Lieber en la Universidad
Libre de Berlín. Se estudiaba a Lukács, el primer Lukács, lo cual
era algo inaudito pues se trataba de un mundo cerradísimo para todo
lo que fuera marxismo. Si decías “Marx” te veían como si fueras
un agente comunista o un verdadero idiota. Como ahora, ¿no? Pero
allí estábamos Rudi Dutschke, otros compañeros y yo. Y comenzamos
en serio a leer a Lukács, y reeditamos en mimeógrafo ciertas obras
marxistas de los años veinte y treinta. En ese entonces Dutschke era
de la fracción de izquierda de las Juventudes Socialistas, eran
jóvenes encendidos, sacaban una revistita, Der Anschlag!, algo
fuerte. Nosotros estábamos conectados con el grupo porque ellos se
preocupaban por temas de lo que entonces se comenzaba a llamar Tercer
Mundo, y teníamos seminarios donde leíamos a Franz Fanon y cosas
así.
—Eran
los años de un cierto renacimiento de la Escuela de Francfort, ¿no?
Sí,
sabíamos que en Francfort estaban los restos de su escuela, de la
cual Alfred Schmidt gozaba sin duda las mayores simpatías. Pero
estaban también Oscar Neck y Jürgen Habermas, quien desde entonces
nos parecía un pensador de segunda, ¿no? En fin, había otros tipos
muy valiosos, pero nosotros estábamos en Berlín y éramos otra
cosa, porque allí todo estaba muy dividido. Entonces, en ese momento
era una locura el estudio del marxismo. Esos eran los años de 1964 o
1965, hasta 1967, que es cuando salgo de Alemania, justo antes del
movimiento estudiantil de 1968.
—Y
viniste a México...
Entonces
vine a México, justamente después del 26 de julio de 1968, que es
cuando se desata el movimiento estudiantil. Aquí me conecté‚ en
la Facultad de Filosofía y Letras, con Carlos Pereyra, él me llevó
por todos lados, estuve en todas las manifestaciones y traté de
hacer la conexión entre los del movimiento estudiantil de México
con los estudiantes alemanes. Entonces sobrevivía yo haciendo
algunas traducciones. Lo primero que hice fue la traducción de un
libro que editó Siglo Veintiuno, que se titula El capitalismo del
desperdicio, de Adolf Kozlik. Así comencé, traduciendo cosas de
Sartre, entrevistas suyas, y diversas cosas para la Revista de la
Universidad y para el suplemento México en la Cultura. Más tarde,
muerto de miedo, comencé‚ a dar clases y gracias a Julio
Boltvinik, que me cedió una de sus clases, entré como profesor en
la Escuela Nacional de Antropología e Historia, en 1972. Luego pasé
a la Facultad de Filosofía y Letras, en 1973, como ayudante de
Adolfo Sánchez Vázquez. Para 1974 o 1975 pasé a la Facultad de
Economía, donde se armó el Seminario de El Capital, que fue mi
primer trabajo original, digamos. Y lo que hice en el Seminario de El
Capital fue una “lectura” de El capital de Marx, una lectura
propia de principio a fin, una interpretación de El capital de Marx.
Creo que es una lectura con un cierto nivel de problematización, de
un cierto nivel de teorización, que, por lo general, no es
considerado cuando se lee a Marx, y yo creo que eso le da mucha
coherencia al discurso de Marx, le da vitalidad y actualidad, si lo
planteas en un plano de abstracción mucho mayor que si te pones a
considerar el plano de las predicciones, de si tuvo o no razón y
tonterías de ese tipo. Porque, por otra parte, a mí no me gustaba
la lectura de Marx que entonces estaba de moda, la de Althusser, no
me gustaba nada. Pero no sabía qué hacer frente a eso porque
Althusser era entonces muy poderoso, tenía un gran influjo en
Francia y fuera de Francia con sus libros bien armados y con el
respaldo del estructuralismo, también en auge en ese momento, y toda
esa corriente teórica barría prácticamente con todo. Entonces yo
me planteaba otra lectura, que resultó un poco en polémica con
Althusser. Digo que “hice” pero, en realidad, éramos un grupo,
allí estábamos Jorge Juanes y yo, y también otras personas. En
1979 pasé a la División de Estudios de Posgrado de la Facultad de
Economía. Fue entonces que estudié mucho antropología, semiótica,
lingüística, etc. Y de allí salieron cursos para una clase en la
Facultad de Filosofía y Letras, “Economía y filosofía”.
Después del auge, y de la casi dogmatización del marxismo
althusseriano, vino el problema de la decadencia del marxismo,
después del malentendido entre Althusser y el neogramscismo,
reacomodado, que prevalecía en México, a finales de los años
setenta. El marxismo comenzó a fallar, la Unión Soviética estaba
ya en picada y todo eso. Mientras tanto, yo pensaba que era
indispensable sostener las bases de la estructura del discurso
crítico de Marx, y allí fue donde di el vuelco hacia una
tematización más general del problema del capital, siguiendo el
planteamiento de Marx en el sentido de que la crítica no es sólo
crítica de la economía, sino de la sociedad en su conjunto. Así
surgió entonces para mí el concepto de modernidad.
—¿Para
ti existía ya la tendencia a radicalizar el pensamiento de Marx en
el sentido teórico, es decir, de que esta nueva lectura fuera
abierta, y no tanto en el sentido de situarla lo más a la izquierda
posible de la acción política?
Sí,
así estaba planteado: como una crítica global, no sólo del
discurso sino de la realidad, y no sólo de la realidad económica
sino del conjunto civilizatorio de la sociedad burguesa o moderna.
Entonces, en ese sentido, di el giro: vamos a entrarle al asunto ya
no nada más en el sentido de la crítica del capital, sino en el
sentido de la crítica de la modernidad, y allí comencé a pensar el
problema de la modernidad como un conjunto.
—Así
pues, planteados esta evolución personal y estos giros teóricos,
¿cuál es el espíritu que hay detrás de tu libro Las ilusiones de
la modernidad?
Tiene
que ver con el desencanto postmoderno ahora imperante, algo que,
sobre todo en Italia, venía planteándose desde la década de los
ochenta; es decir, el desencanto ante los grandes relatos, las
grandes pretensiones de la razón, los grandes propósitos de la
política y todo eso. El libro está conectado con esa percepción
desencantada, desilusionada, de ahí el título, respecto de la
validez o capacidad política del ser humano. El planteamiento es que
el ser humano ha perdido la capacidad de decidir lo que pasa consigo
mismo, de decidir su historia, así sea inmediata; ésta se ha ido
restringiendo cada vez mas y hay una especie de caducidad de la
capacidad política del ser humano. Y lo que se plantea es la idea de
que éste está cediendo en el nivel de su capacidad política ante
una fuerza que le parece irrebasable, una especie de destino. Es
decir, ahora está concluyendo todo un periodo, el periodo de la
modernidad, esta modernidad que parte del rechazo de la presencia del
destino o de las fuerzas sobrenaturales que deciden en el destino de
los hombres y que concluye con la concepción de un ciclo que está
sometido, sin embargo, a un destino. Sólo que ahora es muy clara la
idea del neoliberalismo, su percepción básica de que el ser humano
tiene que obedecer los designios de una fuerza que está funcionando
objetivamente, por encima de él. Es decir, el mercado funciona, es
la mano oculta que, en definitiva, sabe más que cualquiera de los
hombres lo que a los hombres conviene, y lo único que queda es
someterse a tales designios, los de esta entidad que rebasa las
posibilidades que tendrían los seres humanos de decidir en su propia
vida. Me vuelvo entonces a la idea de la enajenación: la fuerza
política del hombre está enajenada en algo así como un destino,
una cosa, un escenario, que es el mercado capitalista, y que es donde
se deciden realmente las cosas. La idea es esta: cada vez que el
hombre quiere hacer política, fracasa. El hombre está condenado,
cuando hace política, a construir Estados totalitarios e
ineficientes: no hay cómo hacer política, porque toda política
lleva necesariamente al Estado autoritario y al Estado ineficiente.
Esa es la convicción, es decir, no hay un solo Estado, un solo
partido político, que propongan hacer política en serio, en el
plano de decidir lo que queremos consumir, lo que queremos producir,
lo que queremos diseñar para nuestro sistema de capacidades y
necesidades, lo cual está totalmente fuera de cualquier perspectiva
de cualquier partido político porque, se dice, hacer eso es
necesariamente caer en lo mismo en lo que cayó el socialismo real:
la construcción de un Estado ineficiente y totalitario, negador de
las libertades y en, definitiva, asesino. Entonces, frente a eso, se
nos dice, no intentemos nada o intentemos sólo paliar la cuestión,
pero dentro de los designios irrebasables de la política del
capital. Yo sigo oyendo la metáfora de Marx de que en verdad el
mundo moderno está regido, en términos políticos, por una
dictadura, la dictadura de un ente abstracto, anónimo, todopoderoso,
que se llama capital. Así pues, el neoliberalismo, como todo
liberalismo, es negación de la política, no de una política, de
una tendencia o corriente determinadas, sino negación de la
política, del ejercicio de las decisiones en la vida pública: el
ser humano debe abstenerse de hacer política porque ésta constituye
un tipo de acción que tiende a invadir terrenos que no le
corresponden al ser humano. Ese es el mensaje profundo del
liberalismo actual: más sociedad y menos Estado, esto es, menos
política y, por tanto, menos capacidad de acuerdo y de decisión.
—Y
la idea del destino genera un movimiento de intensificación
incontrolable del progreso.
Sí,
pero antes hay que distinguir entre la ideología y la realidad del
liberalismo, ¿no? Es decir, la ideología del neoliberalismo es
verdaderamente elemental y tramposa. Afirma: menos Estado y más
sociedad civil (capitalista). Pero, en realidad, lo que se afirma es
la presencia de entidades sumamente fuertes y despóticas. Porque los
Estados no son siempre los Estados nacionales. Estamos, sin duda,
ante el fracaso, la caducidad y la decadencia de los Estados
nacionales pero no de la entidad estatal en cuanto tal: Banco
Mundial, Fondo Monetario Internacional, Banco Interamericano de
Desarrollo y otros organismos, además de los pactos internacionales,
la Europa de primera, segunda, tercera o cuarta velocidades. Todos
estos organismos son en verdad entidades estatales. Entonces, el
neoliberalismo defiende la presencia de entidades estatales, ya no
nacionales ciertamente, pero que son sumamente fuertes. De esta
manera, no se da lo que afirma el discurso que obedece a estas nuevas
entidades, se trata de una ideología que invoca una libertad, una
ausencia de Estado, pero es falaz: invoca la defensa del mercado
cuando, en verdad, se trata de la defensa del mercado capitalista, es
decir, de un mercado intervenido, distorsionado por la presencia de
la entidad llamada capital. Entonces, el neoliberalismo no defiende a
la mercancía, sino a la mercancía capitalista contra todas las
otras mercancías.
—Esa
es entonces la ideología. Pero todo parece corresponder con una
realidad irrebasable, como decías en principio.
Sí,
el neoliberalismo critica a la izquierda por no proponer
alternativas; y sí, hay esta perplejidad entre la izquierda pero es
una perplejidad genuina. Efectivamente, las cosas están sometidas a
un cambio muy radical, y creo que estamos ante algo nuevo: es decir,
los grandes cambios de la historia capitalista son cambios de la
relación entre capital y trabajo, aunque esto suene tan antiguo y
tan pasado de moda. Creo que el eje, el núcleo de la legalidad
económica del capitalismo —y allí me parece que Marx tenía toda
la razón— se halla en la relación entre la reproducción del
capital en cuanto tal y la reproducción de la fuerza de trabajo, de
los trabajadores en cuanto tales. Y esta es una relación que
difícilmente se establece en términos históricos. Me parece que
estamos en vísperas de concluir un periodo en el que la fuerza de
trabajo fue adquiriendo un valor excesivo en relación con el
capital: los obreros, a lo largo del siglo XX, con el keynesianismo y
todas esas medidas, se hicieron muy caros y la fuerza de trabajo,
frente al capital, fue ganando en valor cuando, al mismo tiempo, la
tendencia del capital ha sido desvalorizar la fuerza de trabajo.
Entonces, esta era una tarea inconclusa, un proceso pendiente para el
capital. Es decir, reacomodar los términos del intercambio entre
capital y fuerza de trabajo. Y creo que estamos en ese periodo. Las
sociedades viven actualmente una etapa de reconstitución del valor
de la fuerza de trabajo.
—¿Y
aquí entra en su función el desarrollo de lo que llamas la “renta
tecnológica”?
Claro,
tiene mucho que ver ese aspecto. Pero lo que está sucediendo es que,
en este momento, hay una regresión brutal, contundente, de lo que
serían los derechos del trabajador. Por ejemplo, la categoría de
salario está desapareciendo; fue, durante el siglo XIX y la primera
mitad del XX, la categoría esencial para toda relación entre el
capital y la fuerza de trabajo y, por tanto, para la constitución
misma de los ciudadanos. Es decir, el obrero tenía derecho al
salario que percibía cada mes, así como a sus derechos de
jubilación, de servicios de educación, de atención médica, etc.,
lo que constituía un ingreso muy complejo y la base de la dignidad
del trabajador, de su familia, etc. Pero todo eso se está
desmantelando. Al trabajador ya no se le paga de acuerdo con el
salario, cubriendo todos estos derechos. Estamos regresando a un
periodo en el que la fuerza de trabajo está sufriendo, en términos
internacionales, globales, un golpe, un reacomodo muy fuerte. En ese
sentido, es difícil plantear alternativas y, menos aun, en términos
globales.
—Quisiera
que hablaras del punto en el que insistes a lo largo de los ensayos
del libro: la usurpación de la ley mercantil simple por la ley
mercantil capitalista. ¿Qué sucede con esto?
Sí,
creo que este es un punto muy importante que no fue bien tratado por
los marxistas, justamente por la presencia del Estado totalitario
soviético. Es decir, la lucha era supuestamente contra la mercancía,
idea considerada en especial por Lenin: en la mercancía está ya en
germen el capital, de manera que todo lo que fuese mercancía había
que matarlo porque en cada una está in ovo el capital. Esa fue
precisamente la lectura de El capital de Marx que nosotros quisimos
contrarrestar: no hay tal, pues un momento esencial de la
argumentación de Marx es justamente la distinción entre el plano de
lo mercantil simple, o puro, o neutral, o ideal, y el de lo mercantil
real, que es lo mercantil capitalista. La mercancía —esa es la
teoría de Marx, creo yo— tiene a su principal enemigo en el
capital. El funcionamiento de las leyes de equivalencia, de esas
leyes maravillosas del respeto y la igualdad, de la utopía del
mercado, etc., están siendo sistemáticamente golpeadas,
transgredidas, refuncionalizadas, al paso que son distorsionadas y
deformadas por la presencia, en el mercado, de ese ente peculiar que
es el capital. La mercancía capitalista es en sí misma una
distorsión de la mercancía en cuanto tal. Marx lo dice con absoluta
claridad: para el capital, la mercancía no es más que una máscara,
por lo que las leyes del intercambio de equivalentes, que presidirían
el proceso de todo intercambio, son una máscara que le sirve para
imponer su ley de expropiación; no son más que la pantalla detrás
de la cual el capital está constantemente expropiando trabajo ajeno.
Esta distinción es clave, esencial, porque nos está diciendo lo
siguiente: toda civilización moderna, es decir, toda civilización
globalizada —y Marx piensa, en principio, que el mercado es un
mercado mundial— es imposible de imaginar con un sistema
distributivo tradicional o regido por la cultura propia de una
identidad localista. Ante esto, es necesario un mecanismo automático
de circulación de mercancías a partir del cual pueda construirse
cualquier concreción del mundo de la vida en cualquier circunstancia
histórica. Es decir, la mercancía es una conquista civilizatoria, y
la circulación mercantil es un instrumento neutral de civilización,
o por lo menos no deformado en esta versión capitalista, porque
justamente permitiría, gracias a la combinación de valor de uso y
valor, establecer la relación entre la succión de las necesidades
de consumo y la oferta de productos, que uno y otro polos entren en
contacto, sintiéndose mutuamente. Es imposible para el Ojo del Big
Brother o del Estado totalitario prever, en términos mundiales, cómo
van a moverse la oferta y la demanda, cuáles van a ser los cambios
que se producirán, las volubilidades del gusto social, de la moda,
de lo que sea, incluso cuáles serían las repercusiones de cualquier
hecho meteorológico; es imposible, no existe ninguna mentalidad —por
más que ahora existan supercomputadoras sumamente sofisticadas—
capaz de administrar perfectamente la relación entre producción y
consumo humanos, que sería la tarea del Big Brother. Decir qué es
lo que tú necesitas y qué es lo que te vamos a dar. Preverlo es
imposible. Marx nos dice que, sin embargo, hay un mecanismo que, si
funciona en términos puros, o neutrales, permitiría que el mercado
percibiera dónde hay demanda de qué y por qué y para qué. Esto
quiere decir que, desde el momento en que no está intervenido por el
capital —se entiende que en términos de relación de explotación
del trabajo ajeno—, el mundo mercantil es útil e indispensable
como un mecanismo civilizatorio. Es en cuanto a este mundo mercantil‚
como diría Marx, que tiene sentido la política, traduciendo así la
capacidad de guiar ese mercado, no de intervenirlo, porque la
diferencia entre ambas cosas es inmensa. El Estado socialista
despótico intentó intervenir el mercado, y lo mismo hace el Estado
capitalista: jugar con los precios, usar los subsidios, tal como
sucede especialmente en las agriculturas norteamericana y europeas,
es decir, se trata de intervenciones abiertas en el seno de la
legalidad mercantil, sin respeto por la mercancía, ni por la oferta,
ni por la demanda. Pero Marx pensaba que, abandonada a su
funcionamiento, la esfera de la circulación mercantil —esto es, el
mercado— puede servir como instrumento civilizatorio, sobre el que
se sostendría la política.
—Estás
señalando entonces que hay un agotamiento de la gestión
distributiva de la riqueza así como de los márgenes de decisión
política en el capitalismo avanzado, que es la forma de la
modernidad. En cuanto a lo segundo, afirmas que las condiciones
capitalistas sabotean a la democracia: las posibilidades reales de
ésta son opacadas, disminuidas, por la realización, la concreción
capitalista de lo social.
Si
los propietarios privados no son iguales —en el sentido de la ley
del valor—, si lo que efectivamente hay es una distorsión de la
relación mercantil, si lo que se produce y se consume no lo deciden
los productores ni los consumidores, sino que ya está señalado,
destinado por la dictadura del capital, y de acuerdo con sus
necesidades, entonces los márgenes dentro de los que puede
desenvolverse la acción y la actividad políticas son francamente
estrechos. Es en verdad muy poco lo que puede decidirse. Entonces
toda reforma política, en estos términos, ¿qué viene siendo?, un
deporte bizantino, porque cuando hablaba del desencanto de la
política, de que ésta se autoniega en su sentido auténtico, surge
la idea de que, efectivamente, el gran problema planteado es que esta
modernidad está en una crisis global: en términos sociales,
económicos, ecológicos, demográficos, etc. Si cada chino, por
ejemplo, va a convertirse en algo parecido a un consumidor
norteamericano, con dos o tres automóviles y su casa con jardín y
alberca, entonces harían falta unos tres o cuatro planetas más. De
esta manera, lo que se plantea es absurdo. Y, con ello, se genera una
dinámica bizantina de la política. Es el estilo de vida o el modo
civilizatorio propuesto por lo que llamamos modernidad, pero sin que
ésta tenga la menor posibilidad de garantizar la sobrevivencia de
los seres humanos en el planeta; o, más bien, de esta estructura de
vida, globalizada, en el planeta.
—Recordarás
que Hanna Arendt, en La condición humana, también intenta
distinguir la labor del trabajo productivo propiamente dicho y señala
una diferenciación de los sujetos entre sí en un proceso de
intercambio de valores de uso; afirma también que el sujeto en
cuanto sujeto aparece y se confirma a sí mismo en la esfera pública
de aparición mediante el discurso y la acción.
Sin
duda, el dominio del valor capitalista sobre el valor de uso es
abrumador, apabullante y monstruoso y hasta aniquilador. En la medida
en que el valor de uso vive, permite vivir al valor de cambio
capitalista, pero se lo permite en forma parasitaria. En ese sentido,
el valor de uso sigue estando allí, se metamorfosea, se transforma,
se modifica, se altera de mil maneras, pero sigue estando allí. Y
efectivamente, el discurso está allí, el placer está allí, el
disfrute de los valores de uso está allí, todo eso existe y está
allí, sin duda. Sólo los peores dogmáticos anticapitalistas
podrían plantear que el capitalismo es pura muerte, pero para nada
es así. El capitalismo es una alteración, todo lo profunda que se
quiera, de la vida, una forma de torturarla, pero no de matarla. De
esta manera, Arendt tiene razón en este punto. Pero volvamos a la
idea que resulta difícil de plantear: podemos negar la modernidad en
su conjunto o negar una de sus formas. Ten en cuenta que las promesas
de la modernidad no se cumplen actualmente. Difícilmente se han
cumplido y difícilmente se cumplirán en las actuales
circunstancias. En primer lugar, la promesa de la democracia, básica
y fundamental; y democracia significa, en términos muy globales, la
capacidad que tiene el cuerpo social de exigir legitimación a sus
gobiernos, de exigir que las órdenes que recibe —diría Max Weber—
sean órdenes legítimas, eso es todo. Y no hay más. De esta manera,
la democracia no es más que exigencia de legitimidad para el poder
político, para el poder de decisión de los gobiernos. Y ¿cómo se
legitiman éstos? Justamente en su coherencia con la mayoría. Ahora
bien, lo que actualmente vivimos, en cuanto a este punto, es una
restricción cínica de esta promesa de la modernidad, hay una
negación que están llevando a cabo los propios defensores de la
modernidad capitalista al convertir tal promesa de democracia en la
realidad de una democracia para pocos. Y en eso estamos. Ahora
construimos maravillosos sistemas de partidos, estamos haciendo una
reforma de Estado, los norteamericanos nos han dicho que vivimos en
democracia, y se nos dice que en América Latina, desde hace diez
años, somos democráticos. ¡Imagínate! Entonces, es en verdad
terrible; resulta un sarcasmo el discurso de la política. Pero
afirmamos que vivimos en democracia. ¿Por qué? Porque hemos
decidido que esa promesa no puede cumplirse, ni va a cumplirse, ni
vale la pena cumplirla. En semejantes términos, parece ilusorio que
los pueblos puedan reclamar legitimidad a sus gobernantes. Lo que sí
puede construirse son esos islotes de vida democrática o, podríamos
decir, de vida oligárquica, donde efectivamente funcionan los
partidos y funciona una legalidad técnica, etc. Pero en el cuerpo de
la sociedad se trata de islotes asentados en verdaderos mantos de
despotismo, de esclavismo, de falta absoluta de democracia. Esta es
la tendencia postmoderna y neoliberal: negar la modernidad al negar
la promesa de democracia. Y podemos así ver otra tendencia, más
programática, que es la de los fundamentalismos: la democracia, la
modernidad, Occidente y todo lo que acompaña a ello son sólo un
paquete que hay que tirar por la borda para volver a nuestras
legalidades, a nuestras instituciones, a nuestras formas
tradicionales de vida, que son llamadas despóticas, esclavistas y
demás pero que nos han permitido vivir y sobrevivir. Es decir, que
la modernidad estaría siendo atacada desde dos frentes: por los
modernizadores postmodernos, de talante cínico y de acciones
restrictivas de la modernidad, y los que podríamos llamar
antimodernos, los desencantados, los desilusionados, los golpeados
por una mala modernización: los islámicos, los senderos luminosos,
etc., que han sido víctimas también. ¿Es posible defender la
modernidad? Sí, pero una modernidad alternativa, no la que hemos
vivido; una modernidad de otro tipo, llamémosla socialista si
queremos, pero una modernidad que implique la relación racional
entre los seres humanos, el respeto al individuo y una cantidad
enorme de cuestiones, entre otras, la democracia efectiva. Creo que
es algo que es necesario defender: una modernidad que nunca fue, que
nunca existió. No —como dice Habermas— completar el proyecto de
la modernidad, no, más bien inventar otra, construir otra que fue
posible, incluso desde antes, que fue reprimida y que, hasta ahora,
ha sido postergada y negada. Creo que es posible, más aun, es
necesario defender ese tipo de modernidad si no queremos caer en el
cinismo postmoderno ni en las regresiones fundamentalistas. Yo creo
que la identidad de la izquierda, si podemos definir una tarea suya,
sería ésta: apostarle a una modernidad capaz de distanciarse tanto
del cinismo postmoderno —que reniega de una modernidad a la que
pretendidamente defiende— como de la por desgracia justificada
regresión ante una modernidad, que lo único que ha hecho es golpear
a poblaciones enteras, despojándolas hasta de su dignidad.
—De
cualquier manera, esta búsqueda de identidad sería otra cosa que
esperar una “humanización del mercado”, como acaba de expresar
Octavio Paz en una reciente entrevista.
Pues
sí, de cualquier manera esas expresiones de Paz muestran más que el
rigor teórico, la buena intención. Creo que, en el mundo de los
intelectuales, Octavio Paz tiene el mérito de ser el único en
afirmar claramente que el neoliberalismo (o el triunfo del
capitalismo) es algo muy discutible. Él es el único, me parece, que
ha planteado tal cosa. Ahora, digamos, juzgar con términos rigurosos
lo que está diciendo Paz no tiene mucho sentido pues actualmente el
suyo no es ya su discurso fuerte, ya no es el gran argumentador.
—Sí,
perfectamente de acuerdo contigo, pero no es por él, sino porque
mucha gente lo toma al pie de la letra y lo repite...
Claro,
pero la pregunta finalmente es: ¿quién va a completar el proceso de
democracia política y quién va a ponerle el cascabel al gato
capitalista? Es decir, ¿quién va a decirle al capitalismo y a sus
operadores, hasta hacerles entender: “deja ya de pelear por el
plusvalor y piensa en términos generales”? Por aquí se entronca
muy bien con la simpatía de Paz por el Subcomandante Marcos. Ten en
cuenta que cuando Marcos hace el llamado a la sociedad civil, como se
le ha dado en llamar, resulta en verdad muy difícil de interpretar,
pues —aunque se supone que teóricamente es muy perspicaz— el
concepto de sociedad civil que él maneja es un concepto complejo que
viene de la confusión entre Gramsci y Altuhsser, originado a finales
de los años setenta: sociedad civil puede ser sociedad civil de
burgueses o sociedad civil de ciudadanos. Sociedad civil de
burgueses: la de gente no política, es decir, los propietarios
privados, sean capitalistas o no, burgueses de tipo A o burgueses de
tipo B. Y está la sociedad civil de los ciudadanos: esos mismos
burgueses pero ahora cambiados, metamorfoseados radicalmente, en
hombres preocupados por los asuntos públicos, comprometidos con el
destino de la comunidad. Esos son los ciudadanos. Entonces, cuando
Marcos hace un llamado a la sociedad civil, se refiere a una
metamorfosis, la de los burgueses en ciudadanos. Nos dice a todos:
“Por favor, señores, transfórmense de burgueses en ciudadanos,
den ese salto mortal, dejen de ser sólo propietarios privados y
accedan a pensar y a comprometerse con el destino de la comunidad.”
¿Quién lo va a hacer? Eso es lo difícil, pero es también lo
interesante. Si uno se atiene a la opinión pública y a los medios
de comunicación, parecería que es un llamado al vacío, una cosa
casi retórica. Sin embargo, ocurre que el llamado es escuchado. Por
ejemplo, uno puede observar el movimiento del Barzón, formado por un
amplio grupo de propietarios privados típicos que a través del
dolor de su bolsillo han coincidido en un compromiso con la
comunidad. O podemos también señalar el movimiento de los
habitantes de Tepoztlán, tal vez el caso más interesante, pues se
trata de algo muy complejo en que se ponen en juego muchos planos: el
cultural, el étnico, el de los orígenes del cabildo municipal
español, el de los viejos pueblos de los naturales (la llamada
“república de indios”), el de la ritualidad, el de la
especialización de un pueblo en su conjunto dentro del contexto
cultural, etc. Y además, es interesante ver cómo una comunidad se
erige en interlocutora y responde, y cómo de esta manera sus
habitantes aparecen como ciudadanos. Así pues, es por esta vía por
donde puede venir una forma de defensa de una modernidad alternativa.
Después de todo, podemos ver que no estamos metidos en un destino
ineluctable, que sí hubo otras formas de ser modernos. La forma
barroca de ser modernos fue una, la forma romántica y la forma
clásica fueron otras. Actualmente estamos en una forma realista,
como la llamo, la del noroccidente europeo, la puritana, la de la
Reforma. De modo que hay maneras de ser modernos, incluso la
capitalista. Y frente a eso, hay otras posibilidades, más antiguas,
de ser moderno y no capitalista. Demostrar en términos históricos
que hubo tales alternativas es tanto como plantear que puede haberlas
en el futuro.
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